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Revelação do Mar


LA REVELACIÓN DEL MAR

Dios me ordenó que contemplara el Mar y vi los barcos que se fundían y las tablas que flotaban; luego, también las tablas se sumergieron.

El Mar significa las experiencias espirituales por que atraviesa el místico en su camino hacia Dios. Lo que aquí se dilucida es si preferirá la ley religiosa o el desinteresado amor. Adviértesele que no confíe en sus buenas obras, que no son mejores que los barcos hundidos, y que nunca le llevarán salvo a puerto. No; si quiere alcanzar a Dios, ha de confiar en sólo Dios. Si no se entrega por entero a Dios, si se apega todavía a alguna cosa distita de El, es como si se asiera a una tabla flotante. Por grande que sea ahora su confianza en Dios, todavía no es completa.

Y El me dijo: Los que navegan no están a salvo.

El navegante utiliza el barco como instrumento para cruzar el mar; luego, no se confía a la Primera Causa, sino a las causas secundarias.

Y me dijo: Los que, en vez de navegar, se arrojan al Mar, desafían el peligro.

Abandonar todas las causas secundarias es como zambullirse en el mar. El místico que corre esta aventura, se pone en peligro por dos razones: Porque acaso se considere a sí mismo, y no a Dios, como el que inicia y lleva a cabo la acción del abandono de sí mismo, y el que renuncia a algo por razón de sí mismo, se pone en peores circunstancias que si no hubiera renunciado a nada; y porque tal vez abandone las causas secundarias, buenas obras, anhelo del Paraíso y otras, no por amor de Dios, sino por pura indiferencia y falta de sensibilidad espiritual.

Y me dijo: Los que navegan y no desafían peligro alguno, perecerán.

Es decir, no obstante los peligros enunciados, el místico tiene que aspirar a sólo Dios, si no quiere fracasar.

Y me dijo: En el hecho de correr el riesgo ya hay un principio de salvación.

Sólo un principio, pues que no se ha logrado todavía la perfecta renuncia de sí mismo. La salvación entera consiste en el aniquilamiento de todas las causas secundarias, de todos los fenómenos o apariencias, por obra y gracia del arrobamiento que se produce a causa de la visión de Dios. Pero esto es la gnosis, y la revelación de que tratamos se dirige a los místicos de no tan alto grado. El místico no corre riesgo alguno, porque nada tiene que perder.

Y llegó la ola, y levantó a los que estaban debajo, e inundó la playa.

Los que están debajo de la ola son los que navegan en barcos y, por consiguiente, naufragan. Su confianza en las causas secundarias los arrojó sobre la playa, esto es, los devolvió al mundo de los fenómenos que les velan la contemplación de Dios.

Y me dijo: La superficie del Mar es un fulgor inalcanzable.

Todo el que depende de ritos externos para ir a Dios, va detrás de un fuego fatuo.

Y su fondo es tiniebla impenetrable.

Renunciar a la religión positiva, en la raíz y en las ramas, es aventurarse por un laberinto intransitado.

Y hay entre los dos temibles peces:

Se refiere al sendero medio que discurre entre el puro exoterismo y el puro esoterismo. Los peces son sus peligros y sus obstáculos.

No navegues por el Mar, a menos que Yo dé lugar a que el vehículo te envuelva.

El «vehículo» quiere decir el barco, esto es, la confianza en algo que no sea Dios.

Y no te lances en el Mar, a menos que Yo dé lugar a que la zambullida te envuelva.

Todo el que considera que algún acto le pertenece, y se lo atribuye a sí mismo, demuestra estar lejos de Dios.

Y me dijo: El Mar tiene fronteras; ¿en cuál de ellas te desembarcarán?

Las fronteras son los diversos grados de experiencia espiritual, y el místico no debe poner su confianza en ninguno de ellos, pues que todos son imperfectos.

Y me dijo: Si te ofreces al Mar y te sumerges en él, vendrás a ser presa de alguno de los animales feroces.

El místico irá extraviado lo mismo si confía en causas secundarias que si las abandona, para apegarse a su propia acción.

Y me dijo: Te descarrío si te dirijo hacia alguna cosa que no sea Yo mismo.

Esto es, la voz interna le engaña y desorienta al místico cuando le ordena volverse hacia algo que no sea Dios.

Y me dijo: Si perecieres por causa de alguna cosa distinta de Mí, pertenecerás a aquella cosa por la cual hubieres perecido.

Y me dijo: Este mundo pertenece a aquel a quien Yo he retirado del mundo, y de quien el mundo ha sido apartado; y el otro mundo pertenece a aquel hacia quien yo lo he llevado, el cual traje hacia Mí.

Quiere decir que la alegría perdurable es el patrimonio de aquellos cuyos corazones se desapegaron de este mundo y que carecen de toda posesión mundanal. Son los que verdaderamente disfrutan de él, precisamente porque el mundo no puede separarles de Dios. De igual manera, los verdaderos propietarios del otro mundo son los que no se afanan por poseerlo, en cuanto no es el objeto real a donde se encaminan sus deseos, sino a la contemplación de solo Dios.